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20.12.16

"Les enfants terribles"-Jean-Pierre Melville






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El análisis de la película comporta dos partes:
“Los niños terribles” (2): el Ver de Melville pulicada en este blog

Les enfants terribles - 1950


Director: Jean-Pierre Melville 
Guión: J.P.Melville-Jean Cocteau (novela de Cocteau-1929: Cocteau escribe aquí los diálogos y dirige la adaptación de la obra literaria- La voz en off es la de Cocteau)
Música: Bach, Vivaldi
Fotografía:  Henri Decaë-J.Thibaudier
Montaje: Monique Bonnot
Producción: Melville

*****
   “Paul se muere” pensaba Gerard.  No era tan dramático este golpe en el pecho a la salida del instituto. Dargelos había “marcado” a Paul (“le tiró  una piedra envuelta en nieve” afirmaba Gerard). “Bola de Nieve”: así Dargelos,  desde este día, llamará a Paul que tanto le admiraba. Lo marcó… y se desmarcó, huyó a Indochina… ¿Qué secreto envenenado había entre Paul y Dargelos? ¿Por qué Paul echaba la culpa de todo lo que pasaba a Agathe? Acaso fue este golpe en el pecho en el primer encuentro con ella: el recuerdo  de su relación con Dargelos, la repetición de su “marca”…  Agathe y Dargelos…¡se parecían tanto!...  Entonces, ¿por qué tanto amor mientras la acusa? En realidad, Paul no para de morirse… Agathe, Dargelos… Elisabeth  no debe saberlo.
Lo que Elisabeth quiere es seguir con este “juego” que los dos tienen desde siempre en el cuarto común, su pequeño teatro. Seguir a pesar de las muertes: su madre, Michael… o ellos dos, ¡qué importa desde el momento que la falsa  representación les protege de la vida de los demás! Seguir, dice Elisabeth porque sabe que el “juego” es la única manera de dominar a Paul, poseerlo, superar las prohibiciones, las reglas de los demás... ¿Terribles, los niños? O más bien aterrorizados, Paul por la confusión de sus sentimientos, Elisabeth por la posibilidad de un final de la representación y de este juego que Paul no quiere más. Sus dos cuerpos agotados por la resistencia al poder de las leyes de los adultos terribles acabarán derrumbando  los biombos de la muralla del cuarto de China

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VER


…la máquina de guerra en la nieve (un guiño a Henri Michaux)



, Melville da la muestra de su talento de director de actores y del equipo técnico: los utiliza para tensar el arco que va a disparar la flecha que definirá los encuadres y las luces que esculpen los movimientos de los cuerpos en sus devenires. Consigue  dar una prodigiosa lectura visual de las emociones que brotan continuamente en un crescendo que transforma el drama en film noir (puro Melville en gestación). La flecha tiene un movimiento continuo que parte del golpe en el pecho de Paul provocado por la “marca” de Dargelos para acabar cayendo  con los biombos de la muralla que Paul había levantado.

 Un movimiento que no tolera ninguna partición, un solo salto, un movimiento único entre dos paradas,  sin coincidencia posible con lo inmóvil: ese es el destino de esta masa biológica de carne y de nervios sostenida por el esqueleto del Hablar  de Jean Cocteau y que da a Ver Jean-Pierre Melville. No hay parada causada por  el viaje al mar o por el cambio de decorado cuando los hermanos se instalan en la lujosa casa de Michael. Esta trayectoria sin interrupción fuerza el teatro de Elisabeth y Paul, pone en evidencia la falsa representación que Elisabeth quiere mantener para proteger su nido y define los movimientos de los cuerpos no tanto en función de sus desplazamientos físicos como por unas variaciones intempestivas de sus intensidades. No se puede confundir con la representación lo que es una transformación biológica continua. El cambio de dimensión se efectúa progresivamente en los devenires de Elisabeth y Paul pero también en los de Gerard y Agathe… o Dargelos. 

El cuerpo que marca el ritmo del movimiento en su totalidad se llama Elisabeth: él fija la alternancia de las aceleraciones y de los reposos. Las cortas  fases de reposo,  siempre tensos, dan a ver unos músculos contraídos. Un salto brusco que pasa de la fragilidad del cuerpo en su fase de ternura a la densidad concentrada en los hombros y los brazos en los momentos de reflexión antes de una nueva representación, una salida del escenario, lenta e irónica, su mano arrastrando majestuosamente una tela por el suelo. Paul también tira de su manta pero sus gestos son los del niño perdido en la noche que busca un nuevo refugio.


La flecha disparada por el arco de Melville traspasa el cuerpo  de Gerard en su devenir:  un plano fijo con profundidad de campo:


La flecha sigue su trayectoria hacia el devenir de Elisabeth que descubre que, a pesar del “juego”, nunca ha podido apropiarse totalmente de Paul: un movimiento circular de la cara que acompaña la temible transformación de la expresión antes de una nueva aceleración descubre sobre una pared virtual todo el imaginario de Paul plasmado en las fotos que coleccionaba en el cuarto y a las que ella nunca había echado cuenta.

El crescendo emocional provocado por los sentimientos confusos de Paul transforma la imagen y el ritmo musical. Los cuatro pianos suenan en los pasillos oscuros, las luces y las sombras más contrastadas, los encuadres aprietan las caras, los picados vertiginosos  nos separan de los cuerpos, unas largas sombras planas corren por las paredes o los biombos detrás de sus seres de luz… Melville realiza sus primeras imágenes de un futuro cine negro.


La flecha finaliza su trayectoria después del último devenir de Paul, la última emoción con la aparición de los camaradas del instituto. Imagen silenciosa de la despedida, imagen fija que deja adivinar una superposición de planos transparentes en un leve movimiento,  casi imperceptible: los cristales y los marcos se borran, los cuerpos, las sonrisas, las manos levantadas en un signo de adiós. A pesar del “juego” cada vez más dirigido por Elisabeth, el devenir de Paul nunca consiguió realizarse en su totalidad en el margen que ella quería marcar para protegerles: los golpes en su pecho eran los del compañerismo y del amor… Agathe, Dargelos…


El final de la trayectoria de la flecha disparada por Melville coincide con otro disparo: el de Elisabeth. La caída de la muralla que protegía los niños terribles libera sus cuerpos.

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La poesía onírica de Cocteau también estará capturada por un montaje de la imagen de Melville.  El sueño premonitorio de Elisabeth, perfectamente traducido en su lento desarrollo hablado en la pura tradición del cine francés de Marcel Carné o del propio Cocteau con La Bella y la Bestia o el Eterno Retorno,  se ve revisitado por la brujería de Melville. Antes de disparar su flecha, antes mismo de presentar los títulos de crédito, el director presenta una  imagen fija: premonitoria de las imágenes que ira descubriendo Elisabeth soñando, un domingo a las doce de la noche. La revelación del sueño se ve totalmente transformada por esta imagen fija anterior al movimiento de la obra.


La doncella y la muerte
Con esta primera y única imagen fija, Melville da un título a la trayectoria de la flecha que pronto va a disparar: la doncella y la muerte, la silueta de Elisabeth mirando  a la muerte en el cuerpo de Paul tumbado encima de la mesa del billar en su último “juego”. 

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Un eslabón imprescindible


Con Los niños terribles, Jean-Pierre Melville define sus propias reglas para un cine negro a venir en su filmografía. Pero también fertiliza el campo ya abonado por sus predecesores, Jean Vigo (pensamos en la primera secuencia con la batalla de bolas de nieve entre los estudiantes),…

 Dargelos y su banda en la cité Monthiers


…Luís Bñuel (la boca de Paul chupando el dedo de Elisabeth puede recordar la famosa escena en el parque de La Edad de Oro)…

 Elisabeth introduce un trozo de cangrejo en la boca de Paul


… o los del neorrealismo italiano. Lo fertiliza para la generación siguiente, los de la Nueva Ola francesa. ¿Cómo no reconocer en Los cuatrocientos golpes de Truffaut la influencia de esta primera secuencia a la salida del instituto?, ¿o en Al final de la escapada, los movimientos de los cuerpos y los encuadres de los personajes con  este pequeño juego de robo en la tienda de cachivaches?



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11.12.14

“The wrong man” -1- Alfred Hitchcock




Falso Culpable 1956

Director: Alfred Hitchcock  The wrong man 
Guión: Maxwell Anderson, Angus MacPhail  
Música: Bernard Hermann (ver Filmografía cine negro en el Blog
Fotografía: Robert Burks (también en cine negro: The Verdict (Don Siegel-1946), The enforcer (Sin conciencia-Raoul Walsh-1951), Tomorrow is another day (Felix Feist-1951),  y con Hitchcock, entre la serie de sus  películas en las décadas de 1950-60: I confess, Strangers on train
Montaje: George Tomasini (también en otras películas de Hitchcock en las décadas de 1950-60)
Dirección Artística: Paul Sylbert
Productores: Herbert Coleman-Hitchcock-Warner


Actores:
Henry Fonda es Christopher Emmanuel "Manny" Balestrero
Vera Miles es Rose Balestrero
Esther Minciotti es Mama Balestrero
Nehemiah Persoff es Gene Conforti


Una falsa acusación
Los guionistas Maxwell Anderson, Angus MacPhail parten del libro del primero, “La verdadera historia de Christopher Emmanuel Balestero”, y del artículo de Herbert Brean publicado en Life Magazine el 29 de junio de 1953: “A case of identity” (Un caso de identidad):
Un hombre, Christopher Emanuel Balestrero, músico en la orquesta de un club selecto de Nueva York, casado, con dos hijos, no consigue  gestionar correctamente con su pareja la vida material de la familia y las deudas se acumulan. Una mañana de enero de 1953, el hombre va a la compañía de seguros a pedir un préstamo sobre la póliza de su mujer que tiene que ir al dentista. La persona que le atiende le identifica como el hombre que les atracó unos seis meses antes. La policía arresta al hombre a su salida del trabajo sin permitirle avisar a su familia. Una prueba de grafología en la que se compara su escritura a la de una nota dejada por el atracador –  y llevada a cabo por los mismos agentes de la comisaría y sin confirmación por un grafólogo –  pone en evidencia la similitud de escrituras y el mismo error en la ortografía de la palabra “drawer” (limitado a draw), Los testigos de los diferentes atracos cometidos en el barrio en estas fechas le identifican como el atracador.  El tribunal decide dejarlo libre bajo fianza que paga su cuñado (una suma desproporcionada con respecto al dinero robado). El hombre prepara su defensa. El abogado que acepta el caso le aconseja ahondar en las pruebas de su inocencia y buscar una coartada para los dos días que corresponden a los atracos –sin proponerle ninguna ayuda por su parte. Con la ayuda de su  mujer, el hombre conduce su propia investigación. En el juicio, los resultados de su investigación no están tomados en cuenta, los testigos presentados por el fiscal se contradicen, el jurado pone de manifiesto la falta de preparación de la instrucción. El abogado, en busca de notoriedad frente a un fiscal más experimentado en materia penal, consigue la anulación del juicio, lo que significa para el hombre la vuelta al punto de partida y una nueva pesadilla. Su mujer, profundamente afectada por la situación, tiene que ser ingresada en un psiquiátrico. A los pocos tiempos, el verdadero culpable comete un atraco en el barrio, lo arrestan y… los testigos anteriores le reconocen. Se anula el juicio del hombre  pero su familia está destrozada.
Conviene hacer notar que después de los eventos que cuenta la película, el hombre, “Manny” Balestrero (1909-1998), se mudó a Carolina del Norte, mientras su mujer Rose (1910-1982) pasa dos años en el psiquiátrico y muere en Florida. Ningún documento consultado menciona una indemnización por perjuicio moral ni sabemos si los autores de la revista, la novela, la película han compensado el hombre por la utilización de su nombre en la revelación pública de este suceso.
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Hitchcock realiza una obra austera y sobria que se diferencia profundamente de su filmografía estadounidense, de Shadow of a doubt hasta su vuelta a Ingleterra con Frenzy.  En The Wrong Man no hay ni una denuncia del nazismo como en la época británica  o en Notorious (Encadenados-1946), ni del anticomunismo de Torn curtain (La cortina rasgada-1966) de una ideología  poco definida como en North by Northwest (La muerte en los talones-1959). Con respecto a las relaciones familiares, estamos muy lejos de los problemas edípicos de Strangers on a train  (1951) o Birds (Los pájaros-1963) y por supuesto Psycho (1960).
Los tonos de grises, unos decorados y unos vestuarios más propios del Ladrón de bicicleta de De Sica, de Force of Evil (La fuerza del destino-Abraham Polonsky-1948),  o de la época inglesa del director con, por ejemplo, Joven e inocente, potencian el realismo del tema.

La verdad enmascarada de las apariencias
“Hitchcock consigue unir el movimiento de las imágenes cinematográficas con la revelación de una verdad enmascarada de las apariencias” escribe Jacques Rancière (Les écarts du cinéma-La Fabrique-2011).

 “Lo que se dice y no se muestra está perdido para el espectador” (Alfred Hitchcock)

La “estrategia de lo indecible”
 El tratamiento que da el director a The wrong man es profundamente distinto a lo que podrían hacer los autores citados con la historia de Manny Balestrero. Se podría interpretar como un rechazo a la denuncia directa o a un apego (real o aparente por razones comerciales) al modelo hollywoodiano de las grandes estrellas que adornan sus obras de esta época,  a pesar de haber elegido unos actores que rompen con el glamour. Otra interpretación – que conviene más a la visión de la obra que intentaré desarrollar – es la voluntad de expresar sin artificios un estilo que se acomoda mal con la verosimilitud. Lo reconoce en una entrevista: “Pedir a un hombre que cuente unas historias que tengan en cuenta la verosimilitud me parece igual de ridículo que pedir a un pintor figurativo representar las cosas con exactitud”. Veremos cómo Hitchcock utiliza una estrategia hábil y discreta que muestra sin demostrar, da a la imagen el monopolio de la narración, versión cinematográfica de esta “estrategia de lo indecible” que se aplica a otro británico, Harold Pinter.

Una obra aparte
 The Wrong Man sorprende también por la ausencia de suspense y puede irritar la presencia de una simbología religiosa más marcada que en I confess (1953). Sobre el primer punto, tenemos aquí la demostración de que humor y suspense forman la envoltura superficial de la tragedia en la obra de Hitchcock. Escribe André Bazin después de su estreno en Francia: “si tuviéramos que definir Falso Culpable con respecto al género policiaco, sería como un suspense vaciado de todo suspense, pura espera sin catarsis: el despliegue inexorable, sin complacencia y sin efectos,  del tema de la acusación, de la inocencia y la culpa. Si este tema constituye también la esencia de las otras películas policíacas de Alfred Hitchcock, el suspense es sólo su ropa o su coartada. Con Falso Culpable, Hitchcock nos ofrece probablemente por la primera vez el revés trágico de su humor”. Lo que su discípulo Truffaut resume así: Falso Culpable es el asado sin la salsa.
Con respecto a la referencia al catolicismo, Hitchcock presenta a la familia del protagonista,  Manny Balestrero,  como profundamente creyente –Manny reza durante el juicio, rosario en mano. La relación entre el Mal y la Verdad es el fundamento de la mayoría de sus películas, con un tono moralizador y un cierto conformismo. Utiliza a menudo el contrapunto de lo falso y la mentira para hacer resaltar la belleza de la verdad, corolario de la justicia. Pero,  con una referencia directa al catolicismo en Falso Culpable, la verdad se vuelve corolario de una justicia divina. Es la segunda película que evoca explícitamente el catolicismo después de I confess (1953) en su vertiente de “Bondad divina” frente al Mal y con una referencia a la iconografía y la oración. Con el secreto de la confesión de un asesino, el cura Logan aplica en Yo confeso la ley del silencio, dogma de su iglesia que pasa por encima de la justificación de su inocencia frente a las instituciones seculares. Pero  en  Falso Culpable, Manny no sabe para dónde mirar: ¿Dónde está el Mal? Se nos habla de un atraco a la compañía de seguros, y de otros dos en unas tiendas donde el inspector obliga a Manny a entrar, andar y salir;  el atracador ha simulado tener una pistola a través de su abrigo; no tenía arma. Ha robado 70 dólares aquí, 200 ahí... La tarifa del dentista para Rose,  la mujer de Manny, es de 300 dólares. Manny reconoce unas deudas con algunos amigos de unos 40 a50 dólares. El verdadero culpable  gritó cuando le arrestaron: “tengo hijos…” Manny no puede ver el Mal sino la injusticia mientras le presionan en la comisaría para que reconozca más deudas.

Determinismo y azar

 ¿Dónde está el Bien? ¿Dónde está lo verdadero? el joven de Young and innocent (1937), el personaje de Kaplan / Cary Grant de North by Northwest, son unos “falsos culpables” que se mueven desde lo verdadero, apoyados por la familia del inspector de policía o por los servicios secretos respectivamente. Pero la sociedad no ofrece estas referencias a Manny Balestrero. No se atreve a juzgar las instituciones y se refugia en la oración. Ha pasado este calvario del sistema policiaco-judicial sin encontrar ninguna referencia a lo verdadero. Por conminación de “la máma”, cuando se encuentra al borde de la desesperación, vuelve a centrarse en la referencia a la imagen santa del Cristo colgada en la pared, en un más allá de la verdad humana. La justicia divina acaba actuando a su favor cuando el verdadero culpable se manifiesta con un nuevo atraco. Sin embargo, la “estrategia de lo indecible” de Hitchcock permite que esta manifestación determinista y trascendente acentúe la fuerza de su opuesto: el azar, la suerte, “único suspense de la película…” escribe J.L.Godard[1]. Añade en su análisis de The Wrong Man: “el tema de esta película reside más en la probabilidad de los eventos que en lo imprevisto”. Porque, a continuación del pretendido “milagro” debido a la oración, el inspector que arrestó a Manny, se entera,  en el pasillo de la comisaría, justo antes de marcharse,  que han arrestado a un hombre por un atraco. Relaciona inmediatamente el evento con el caso Balestrero, duda un corto instante y, por fin, pone en marcha la máquina administrativa que libera a Manny. Puro azar o probabilidad ínfima como dice Godard.
Por otra parte, si Manny no juzga las instituciones, lo que parece haber pasado según el artículo de Life Magazine, y que Hitchcock representa, sitúa el “Mal” en estas mismas instituciones: Manny Balestrero es rehén de la sociedad y, como el príncipe Michkine, el idiota,  se vuelve un icono crístico. Siempre filmo un inocente en un mundo culpable dirá Hitchcock a Truffaut.  En una época en la que Hollywood produce tantas películas sobre familias rehenes de fugitivos armados, vanagloriándose del buen funcionamiento de las instituciones estadounidenses y del comportamiento, heroico para su prole,  del “jefe de familia” –pensamos por ejemplo en Desperate Hours (William Wyler-1955) o Suddenly (Lewis Allen-1954), Hitchcock invierte la situación y representa las consecuencias de ésta sobre las relaciones humanas, sin por eso tener que comprometerse denunciando los grandes símbolos de una sociedad democrática.
Tenemos aquí una diferencia mayor con sus otras obras. El mismo año en que Fritz Lang firma dos películas sobre Verdad y Apariencias, On a reasonable doubt (Más allá de la duda) y While New York sleeps (Mientras Nueva York duerme), Hitchcock utiliza una narración que, desde la imagen, rompe el sistema de juicio y se sitúa entre lo verdadero y lo falso. Para los investigadores, no hay error o duda: el interrogatorio que conduce a la acusación es falseante; y si para algunos testigos hay dudas, para otras el director sugiere una posible falsedad. No hay error judicial porque el juicio ha sido anulado por vicio de forma… y, más tarde,  el inspector libera a Manny sabiendo que había una alternativa a la  decisión que tomó de arrestarlo: ahondar más en la investigación en vez de este juego tramposo con Manny Balestrero. Con su rechazo de la verosimilitud, del realismo por el realismo, del documental o del cine-vérité, Hitchcock opta por la utilización exclusiva de su sensibilidad para tejer unas imágenes narrativas que Deleuze llama lo falso elevado a la enésima potencia, la del artista.

El telar de Hitchcock
El bastidor es el marco de la pantalla, o más bien el encuadre de la cámara en sus movimientos. Hitchcock encierra en él todos los elementos del suceso descrito anteriormente. Pero el primer plano que encuadra es él mismo. No es uno de sus famosos cameos: acompañado de dos notas de música – en la tonalidad de la escena siguiente que acompañará los títulos de crédito – se presenta en contra luz en un estudio de la Warner. Nos invita a ver un film diferente porque se trata de “una historia verídica”. Insiste (en la versión original): “cada una de sus palabras lo es”. Sigue hablando, con un tono de publicista para lavadoras: “Sin embargo contiene unos elementos más extraños que las ficciones que he tratado en tantos thrillers anteriores”.
Hitchcock nos propone un juego: lo falso se encuentra justamente en los “elementos más extraños” que anuncia. Si su bastidor contiene todos los eventos, no significa por supuesto que son todos verídicos, y menos todavía que “cada una de sus palabras lo es”; saber si su única fuente es el artículo de una revista sobre un hecho ocurrido unos años antes o si e puede reconstituir lo que pasó en la casa de la familia Balestrero no es lo que importa. Las “palabras verídicas” anunciadas no pueden serlo porque todo lo que se dice en la película no ha sido transcrito, ni en la comisaría, ni en casa de la familia Balestrero, ni en la investigación que emprenden Rose y Manny. Las transcripciones del juicio son típicas de cualquier juicio y las confesiones de Manny en el despacho del abogado O’Connor, aunque transcritas por su secretaria,  corresponden a la única escena elíptica.
La frase cinematográfica, palabras incluidas, pertenece en exclusiva al director. Descubrimos que utiliza su arte para distanciarse de la verdad y dar una representación subjetiva de unos eventos reales. Al opuesto del documental, no nos enseña la realidad desde el discurso, la denuncia del error judicial, los conflictos latentes en las relaciones. Todo está sugerido y sujeto a interpretación.


 La creatividad artística del director consigue transformar un suceso propio de un documental, con este largo recorrido administrativo entre el arresto y el juicio, en una “autentica ficción” con estos movimientos de una cámara a veces objetiva, siguiendo la evolución de los eventos y  de los personajes relacionados con Manny, a veces subjetiva cuando enfoca lo que ve Manny. El resultado es un trabajo  plano por plano y, para cada encuadre de su bastidor, un prodigio de dirección de actores, particularmente de las expresiones de Henry Fonda, en su composición del hombre reservado, casi introvertido, con sus explosiones de ira, sus pasos decididos cuando se le permite actuar.  Consigue una perfecta sincronización de los estados emocionales de Manny  con la entrada de los temas musicales de Hermann, los ángulos de toma, los contrastes luminosos de la fotografía y el ritmo de montaje. Cuando Hitchcock filma la “historia verídica” de Manny Balestrero,  no vemos lo que ha pasado a Manny Balestrero, vemos una obra de Hitchcock, la tela que ha tejido.
   
Urdimbre: los símbolos en las relaciones

Hitchcock suele elegir en sus películas una acción particularmente impactante: podría ser “matar”; aquí es “robar” como, un año antes en To catch a thief. Retomará el tema en 1964 con Marnie.   Tensa la urdimbre de su telar, o sea lo que no se oye ni se ve, lo que está “fuera de campo”, de tal manera que cobre una importancia simbólica decisiva. Lo hace sobre la base de la acusación: “el hombre acusado, su función en la sociedad, la fragilidad de los testimonios, del sistema policial y de la justicia”[2]. Muestra fríamente, sin crítica aparente, el funcionamiento de las instituciones, de la sociedad (inmigración, pobreza, atracos para poco dinero…), de la justicia humana: lo verídico y lo falso, la inocencia y la culpa. Da más peso a la familia, núcleo de afectividad y de conflictos, y a su inseparable compañera, la religión (aquí, el catolicismo y la hipótesis de una justicia divina). Unos leves indicios dejan planear una duda con respecto a la condición de Balestrero, muy probablemente de origen italiano (“Ciáo, máma” en la visita a la madre, la frecuentación de algunos lugares como el Hotel de Ferraro): la actitud condescendiente, por momentos irónica,  de los inspectores de policía que pronuncian con dificultad su apellido y emprenden un juego sucio con él durante el interrogatorio con la prueba de grafología; también se nota una actitud paternalista por parte del abogado O’Connor. Más importante es la diferencia marcada entre Rose y el resto de la familia Balestrero.


 Hay en la película dos planos-secuencia que reúne a la familia de Manny con su mujer y su madre; sugiere que la madre, la hermana y el cuñado Conforti,  forman un clan en el que Rose no está incluida: se puede interpretar que Rose es protestante de origen anglo-sajón mientras los Balestrero son católicos. En la primera de estas escenas se sitúa la causa principal del profundo trauma que Rose vivirá más tarde: este corto instante en que Rose sospecha de las relaciones de su marido con las apuestas y las deudas en contraste con la confianza incondicional de la máma.   Nada está dicho,  los detalles en las imágenes sugieren los símbolos de esta sociedad.

Trama: las relaciones en la acción
Lo que pertenece a la trama que el director va tejiendo es la acción, las imágenes de los eventos, la música que las acompaña y, dentro de la acción, las relaciones que marcan a los personajes y de las cuales algunos se desmarcan…. Al final, se corta los hilos que solidarizan la obra al bastidor: la trama tendrá su propio destino, acompañada por este “fuera de campo” que la sostiene y así llegará al espectador[3].
Hitchcock va tejiendo la trama, incorpora la acción principal (robar) a un conjunto de relaciones y describe unos eventos que cuentan más que la propia actuación de los personajes. Manny es un hombre cualquiera, está acusado de robo, atrapado en una situación que no puede controlar: él es parte de unos eventos. Pero, según Eric Rohmer y Claude  Chabrol (“Hitchcock” Ed.d’Aujourd’hui),  sería insuficiente decir que  “un inocente  está acusado de un crimen que no ha cometido”.  Culpabilidad e inocencia están en un  equilibrio inestable: el verdadero ladrón ha cometido un delito “por” el otro, el inocente… que ya no lo es totalmente. El hombre equivocado (the wrong man) se va sentir culpable de su mala gestión del presupuesto familiar, probablemente de algunas apuestas en las carreras,  reales y no imaginarias como intenta justificarlo a su mujer. No sabemos hasta que punto se elevan realmente sus deudas. A ella también le va a pasar lo mismo: se atormenta por la gestión de la casa y por, un breve instante, duda de la inocencia de su marido. A la culpabilidad que la roe, se añaden las investigaciones y el juicio que no conducen a ninguna parte: pierde el contacto con la realidad y hay que ingresarla en un psiquiátrico.  


 Desde la primera secuencia,  nos identificamos con el hombre, falso culpable hasta la devolución de la inocencia a éste y la culpa al otro, el verdadero culpable,  realizada con un  fundido de las dos caras. Lo que nos dice Hitchcock es que “no se puede separar el crimen del “intercambio” como en Stranger on a train o también “dar” o “devolver” tu crimen al inocente como en I confess. En el cine de Hitchcock, uno no comete un crimen: lo devuelve, lo da o lo intercambia. .. La relación (intercambio, dono, devolución…) no se limita a envolver la acción: la penetra por todas partes  con antelación…” (Gilles Deleuze- nota anterior).
Las relaciones marcan este movimiento de intercambio y devolución hasta la restitución a cada uno de su papel: Manny carga la consciencia del verdadero atracador culpabilizándolo del trauma de su mujer.




 Porque nada será lo mismo de antes: uno de los términos de la relación ha saltado fuera de la trama. El devenir de cada uno en este delicado equilibrio entre inocencia y culpabilidad ha transformado el conjunto de las relaciones; los eventos han conducido a uno de los personajes a desmarcarse: Rose. Al principio, nos encontramos en una relación ordinaria de pareja: el afecto y los problemas del día a día. Pero el desequilibrio inocencia-culpa se instala y, después de un corto instante en oposición con el resto de la familia por la sombra de una duda, la mujer se desmarca totalmente, borra la relación y entra en otro movimiento mental. Los personajes han llegado a un delicado y trágico equilibrio en unas nuevas relaciones. Más tarde, una gaviota se desmarcará de la relación ordinaria entre  los humanos y los pájaros… lo que conducirá a un nuevo equilibrio más bien precario (Birds-1963).

Continúa: The wrong man -2:Un relato de Hitchcock


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[1] J.L.Godard: “ Le cinéma et son double” Cahiers du Cinéma Junio de 1957
[2] François Truffaut en Cahiers de cinéma 1/05/1957.

[3] Gilles Deleuze en Image-mouvement-Editions de Minuit-p.270 y siguientes: “En  Hitchcock, las acciones, los afectos, las percepciones, todo es interpretación, desde el principio hasta el final. Rope está hecho en un único plano de tal manera que las imágenes forman unos meandros  de un solo y mismo razonamiento… el plano único de Hitchcock somete el todo (de las relaciones) al encuadre: abre este encuadre a lo largo manteniéndolo cerrado la anchura, justo como en un telar cuando se teje un tapiz infinitamente largo …”

10.12.14

Hitchcock y "El hombre medio"


Alfred Hitchcock presenta “The wrong man”


“Nunca Hitchcock se encontró tan cerca de sí mismo como con esta película, aunque puede decepcionar a los amantes de suspense y humor… por su pesimismo y su escepticismo, es una película que sólo tiene del documental la apariencia… De todas maneras, es su mejor película, la que va lo más lejos en una dirección que Hitchcock ha decidido elegir desde hace mucho tiempo” escribe François Truffaut en los “Cahiers du cinéma” del 1/05/1957 después del estreno de The Wrong Man (Falso Culpable-1956).
Efectivamente, la dirección que el director decidió elegir   parecía ya definida unos veinte años antes;  una película suya que data de 1936 puede ser un punto de partida adecuado para comprender los elementos propios de la creatividad de Hitchcock. Se trata de Sabotage: encontramos en esta obra, descritos con claridad,  los elementos que constituyen  unos fundamentos de filmografía del director y que, en The wrong man, se armonizan sin el artificio del suspense, del humor, y del glamour, bajo la batuta de un jefe de orquesta en la madurez de su arte.
Por otra parte, tanto Sabotage como The wrong man, a las que conviene añadir I Confess (1953), publicada en los principios de este Blog,  y también Strangers on a train (1951), a pesar de desarrollar unos temas distintos,  son películas que tienen unos puntos de convergencia que coinciden también con el cine negro y que justifican estas páginas del Blog. Pensamos en particular en la fotografía y su iluminación, los ángulos de toma de la cámara que, desde Sabotaje – con la profundidad de campo juiciosamente utilizada en la secuencia del crimen – hasta la larga secuencia en tiempo real del interrogatorio en The wrong man, constituyen una referencia en el género negro – aunque las películas del director, en su conjunto, forman más bien un género aparte.

El revés trágico del humor
Hitchcock suele inspirarse en cine policiaco y elegir en sus películas una acción particularmente impactante: podría ser “matar” como en Sabotage con la ideología del poder por el terror – pero también la venganza – como telón de fondo. Puede ser “robar” con las consecuentes acusación y fragilidad de los testimonios como en The wrong man; o las dos acciones a la vez en I confess donde lo que cuenta es la “ley del silencio” que encierra al padre Logan (Montgomery Clift) injustamente acusado.

Si las acciones de robar o matar están tratadas con todas las variantes posibles en su filmografía, estas tres películas tienen en común una reflexión discreta pero profundamente pesimista sobre la condición humana, una de las direcciones fundamentales en la trayectoria de la obra de Hitchcock que subraya Truffaut.  Hitchcock monta la urdimbre de su telar, o sea lo que no se oye ni se ve, lo que está “fuera de campo”, a partir de una reflexión sobre la falsa acusación, la culpa y la inocencia, la relación con la religión o con otras ideologías, el concepto de “chivo expiatorio”, el determinismo y el azar, la verdad y las apariencias… Tensa esta urdimbre de tal manera que esta reflexión cobre una importancia simbólica decisiva. Unos de los cimientos de las sociedades humanas se encuentran en los símbolos que contienen tanto el sistema de juicio, como los valores familiares y sociales, y que dictan las conductas y las relaciones humanas. Estas últimas forman la trama de cada obra.
Por otra parte, las películas citadas están despojadas de ciertas características que han hecho la fama del director. La más antigua, Sabotage,  tiene momentos de suspense salpicados de humor;  corresponde al periodo británico sobrio en cuanto a glamour. I confess y Strangers on a train mantiene un cierto suspense pero pone todo el énfasis sobre las relaciones entre los personajes principales. The wrong man vuelve a la sobriedad de la época británica y, como la define André Bazin: “sería como un suspense vaciado de todo suspense, pura espera sin catarsis… Hitchcock nos ofrece probablemente por primera vez el revés trágico de su humor”.

El hombre de la calle
En su entrevista con Jean Douchet y Jean Domarchi en los “Cahiers du Cinéma”, dice Hitchcock:  “Conviene enseñar en la pantalla a un héroe con quien uno puede identificarse. Pienso que es inútil intentar que el público capte los sentimientos de un gangster… pero el hombre de la calle, el hombre ordinario: eso sí, el público lo comprende”…”Me gusta que los personajes de mis películas sean una gente como tú o yo”.

Identificación con el hombre de la calle

Henry Fonda en The wrong man


El azar, un cierto determinismo – “los golpes del destino”, dice Godard a propósito de The wrong man…  – llamémoslo como queramos, lo que ocurre al personaje es una bifurcación inesperada en su devenir.  El tema es recurrente en estas películas como en tantas otras (pensamos por supuesto en James Stewart en  Vértigo o Janet Leigh en Psycho). Hitchcock teje la trama de su telar: potencia este estado estresante del protagonista por una caracterización que facilita  su identificación al espectador, uno de las características esenciales de la dirección elegida por el director. Organiza los movimientos de la cámara, el montaje, la entrada del tema musical en función de las relaciones creadas en su trama pero también con una meta: provocar la participación del espectador en estas relaciones. En este aspecto, Sabotage se adelanta a su época y el impacto sobre el espectador en cuanto a la crueldad y la violencia de la muerte del inocente anuncia la guerra mundial inminente;  y, en términos de la construcción del suspense en el cine, el montaje se presenta como un ejercicio precursor de Psycho.
El director parte del estado estresante de los personajes, encerrados en unas situaciones sin ninguna salida aparente, en un tiempo indefinido. Esta situación puede ser un peligro puramente físico como en Sabotage para el joven Steve/Desmond Tester en peligro,  que encierra al espectador como a él mismo, situación que Hitchcock utilizará con tanto éxito comercial con el personaje de Kaplan/Gary Grant en North by northwest (La muerte en los talones-1959). Puede ser una presión de orden social, relacionada con las instituciones como, en Yo confieso,  el Padre Logan/Montgomery Clift, o el Falso culpable:  Manny Balestrero/Henry Fonda. 

Vera Miles en The wrong man


La más estresante, de orden psíquico, la encontramos en esta misma película con el caso de Rose Balestrero/Vera Miles tan traumatizada por las fuerzas contrarias que se ejercen sobre su familia por culpa del azar – ¿o de un cierto determinismo? – que se refugia en otro espacio-tiempo. Estrés de orden psíquico que encontramos también en el personaje de Farley Granger sometido al extraño chantaje de Robert Walker en Strangers on a train. 


La verdad, el Mal y “el hombre medio”
En general, en la filmografía de Hitchcock, la verdad, corolario de la justicia, necesita de lo falso y la mentira para expresar toda su belleza. La bondad y el sentimiento humanista se expresan en su confrontación directa con la perversión de la naturaleza humana. Sin embargo, la referencia directa al catolicismo en The wrong man se hace desde una verdad corolario de una justicia divina. Es la segunda película que evoca explícitamente el catolicismo después de I confess en su vertiente de “Bondad divina” frente al Mal y con una relación a la iconografía y la oración. Se suele relacionar estas obras a la educación religiosa del director en un colegio de jesuitas en Londres. Pero en I confess, el Mal es una referencia y se aprende más de la exploración de los espacios donde hace estragos que  rezando delante de unos iconos inaccesibles. El padre Logan hace esta experiencia frente a Otto Keller, el criminal que deja que la policía acuse a Logan. Éste no puede defenderse, obligado por el secreto de la confesión de Keller.

En The wrong man, el hombre acusado no sabe para donde mirar: ¿dónde está el Bien? No se atreve a juzgar las instituciones: se refugia en la oración, rosario en mano,  en un más allá de la verdad humana. ¿Dónde está lo verdadero? ha pasado por un calvario frente a un sistema policíaco-judicial sin ninguna referencia a lo verdadero y prefiere confiar en la justicia divina que acabará actuando en su favor con el arresto del verdadero culpable.
Unos años más tarde, la justicia divina se manifestará por sí sola con la aparición repentina de una monja en lo alto de un campanario,  impidiendo al viejo James Stewart dejarse llevar por un arrebato amoroso que borre la culpabilidad de la joven Kim Novak, disfrazada de Grace Kelly y cómplice de un crimen infame (Vértigo-1958).

La relación entre el Mal y la Verdad es el fundamento de la mayoría de las películas de Hithcock, con un tono moralizador y un cierto conformismo. Pensamos en su manifiesto contra Nietzsche en The Rope (La soga-1948) con el discurso de John Dall,  aprendido de su profesor James Stewart. Acaba de matar a un colega, con la ayuda de su compañero Farley Granger: “El Bien y el Mal, lo verdadero y lo falso, fueron inventados para el hombre medio, este ser ordinario que no puede pasar de eso”. Cuando se le pregunta si está de acuerdo con el concepto de superhombre de Nietzsche, contesta John Dall: “Por supuesto, sin ninguna duda: hace falta ahorcar a los incompetentes y a los imbéciles. Son demasiado numerosos sobre la Tierra”.  El crimen cometido por sus alumnos conduce a James Stewart a separarse de una teoría que alimenta la naturaleza perversa del humano y tomar la decisión de la redención.
Con este manifiesto,  Hitchcock se sitúa en la línea de los movimientos más conservadores e ignorantes de la obra de Nietzsche. Estos movimientos,  en la posguerra, seguían influenciados por los últimos efectos de la propaganda alemana del Tercer Reich para, en realidad, hacer la apología del “hombre medio” que busca sus referencias en el bien y lo verdadero, no en el más allá del bien y del mal, ni en la voluntad de una potencia que va  más allá de la verdad y de las apariencias.

Inocente en un mundo culpable


En la entrevista con Douchet y Domarchi ya citada, estos señalan a Hitchcock que La muerte en los talones, retoma el tema de The wrong man: el inocente acusado injustamente. “Sí, el tema de The wrong man es el hombre inocente. Utilizo este tema porque me permite resolver una parte importante de mi trabajo artístico y técnico. Creo firmemente en el arte cinematográfico. No creo en los diálogos…”. Esta relación entre el tema elegido de la inocencia y el trabajo artístico y técnico, ya presente en Sabotage en la secuencia de la muerte de Steve,  está perfectamente ilustrada en The wrong man. Como lo veremos en la página sobre esta película, el relato de los eventos que van a cambiar la vida de Manny Balestrero /Henry Fonda, inocente de las acusaciones de robo.  permite a Hitchcock pasar de la cámara objetiva a la cámara subjetiva, del campo al contra-campo, con planos cortos y rápidos que siguen las emociones y las reflexiones del sujeto en la expresión de la cara o del cuerpo; en otros momentos con unos largos planos secuencias que contienen todos los datos asociados a las relaciones entre los personajes; en todos los casos con la voluntad marcada de dar al espectador el máximo de datos por la elección de los detalles: una clase magistral de puesta en escena y de montaje que potencia la emoción y la identificación con el protagonista a partir de la lectura de una imagen mental y relacional.
Pero el tema de la inocencia – la  del personaje que no tiene nada que ver con los eventos que ahora le van a perjudicar –  no limita el director en el desarrollo de su  creatividad artística: expresa su propia visión de la condición humana. Cuando François Truffaut le hace el comentario siguiente con respecto a I confess: “Verdaderamente, siento en su trabajo el sentido del pecado original, o sea de una culpabilidad, una culpabilidad de los hombres”, Hitchcock, después de un tiempo de reflexión, reacciona fuertemente: “¡¿Cómo puede usted decir esto cuando tenemos en todas mis obras el tema del hombre inocente, sin culpabilidad, constantemente en peligro?!” ¿Siempre describe Hitchcock  a un inocente en un mundo culpable? ¿Todos culpables en un mundo que debería ser inocente? Esta visión, tan conforme con la búsqueda de la identificación del espectador, “hombre medio, de la calle, normal y corriente” con un héroe víctima del mundo de los “malos”, corresponde al valor mercantil que tanto parece haber interesado al director.
Pero, si excluimos a los niños, en Sabotage y en The man who know too much,al héroe de Joven e inocente o a Cary Grant, publicista transformado en contra de su voluntad en el virtual señor Kaplan por los servicios secretos, no hay ni uno de los protagonistas de su obra que sea tan inocente en un mundo tan culpable para satisfacer a un espectador “normal y corriente”.     Siempre uno tiene que reprocharse algo, y si el “inocente” no devuelve el golpe, lo hará la justicia divina o el azar. ¿Inocente Manny Balestrero, el Padre Logan…  , o Janet Liegh que acaba de robar a su empresa antes de ser asesinada por Norman Bates, o James Stewart que le gusta tanto ser un mirón…? Y el espectador ¿no tiene su singularidad que le conduce a identificar a lo que le conviene: a James Mason y no al “Tintin”/Cary Grant, a John Garfield que sea abogado corrupto o atracador de banco, porque es un gran actor, o… a la femme fatal?

El verdadero culpable  (Richard Robbins)  y The wrong man (Henry Fonda)


Pero, también, lo que nos dice Hitchcock con sus imágenes sobre la complejidad de las relaciones humanas y sobre el “robar” o el “matar” como pasa en las películas tratadas en este Dossier, es que “no se puede separar el crimen del “intercambio” como en Stranger on a train o también del  “dar” o del  “devolver” tu crimen al inocente como en I confess. En el cine de Hitchcock, uno no comete un crimen: lo devuelve, lo da o lo intercambia. .. La relación (intercambio, dono, devolución…) no se limita a envolver la acción: la penetra por todas partes  con antelación…” (Gilles Deleuze- “Imagen-movimiento”). En The wrong man, desde la primera secuencia,  la cámara quiere identificarnos con el hombre que van a acusar, hasta la devolución de la inocencia  a éste y la culpa al otro, el verdadero culpable,  realizada con un  fundido de las dos caras.

Desmond Tester (Steve) en Sabotage



Pero, los niños, sí, son inocentes: es el caso de The man who now to much o  en Sabotage. El joven Steve, en esta última, no ha pedido nada ni debe nada a nadie: el culpable le “da” su crimen. Si Steve no puede devolverlo, lo hará su hermana, ¿en nombre de una justicia superior? Más bien en nombre de un devenir del humano que trasciende la inocencia y la culpa, en nombre de “más humanidad” en la humanidad.
 Silvia Sidney planta un cuchillo en el vientre de su marido que ha mandado a su joven hermano a la muerte, confiándole una bomba metida en un paquete para depositarla en una estación de metro por orden de una organización terrorista. El gesto de la mujer, de un realismo brutal, es la “devolución” del crimen al culpable (la explosión de la bomba en el centro de Londres mata al joven y a muchas personas). Unos años más tarde, el vientre de Orson Welles, el verdugo nazi convertido en profesor de historia en los Estados Unidos,  será traspasado por la espada del ángel en el nombre de sus miles de víctimas inocentes (The stranger-1946).

El crimen de la señora Verloc (profundidad de campo en Sabotage)



¿Un hombre equivocado?
Notamos que la traducción literal del título The wrong man por  “El hombre equivocado”, convendría más que Falso Culpable,  ya que el hombre no ha sido declarado culpable en su juicio y, al final, reconocido inocente.¿No es también Hitchcock, a wrong man, un hombre equivocado?  Sería olvidar su pacto con el diablo para ofrecer al público este juego publicitario sobre el Mal, manejar el arte de lo falso al punto de transformar una historia verídica en el opuesto de un documental, la realidad en la más pura ficción, introducir su cámara en los dormitorios, las cocinas, hasta en las bañera de los moteles. Nos habla del “hombre medio” cuando sabe que su arte llegará a emocionar a todos los seres, necesariamente singulares. Nos cuenta las aventuras del héroe “inocente” cuando no para de lanzar unos datos que despiertan la sospecha. Con este juego que intenta no desvelar su verdadero sentimiento,  Hitchcock, en el fondo, confirma ser el artista que eleva lo falso a la enésima potencia, como dice Gilles Deleuze en “Imagen-Tiempo”.
 Hitchcock prefiere divertir y jugar con las emociones para no desvelar totalmente sus propios sentimientos, los cuales sin embargo, a lo largo de su filmografía, dejan entrever su reserva con respecto a un compromiso como artista con su tiempo y una postura prudente que roza el conservatismo. Notamos claramente esta dirección desde la película de 1936.  
 Hitchcock sacrifica el alcance de la obra de Joseph Conrad y el valor del componente literario que tiene Sabotage en beneficio de un  valor mercantil con una resolución frívola del asesinato de un terrorista por su mujer – ella se sacrifica para vengar la muerte de inocentes y da así el titulo de “mujer solitaria” a la película –: inventa un idilio entre un detective y la mujer para que todo acabe con buen humor. Insiste más en el romanticismo que en el estudio psicológico del Agente secreto (título de la obra de Conrad) centrando la película sobre la muerte de un niño (aunque el director reconoce haberse equivocado al respecto después  justamente del fracaso comercial de la película). Recordamos estas frases extraídas de la crítica demoledora de José Luis Borges que citamos a propósito de Sabotage: Hitchcock ha preferido no tomar en cuenta esta observación [la descripción que hace Conrad de Karl Anton Verloc]. No lamento su curiosa infidelidad; lamento el trabajo subalterno en que se complace. Conrad nos hace comprender particularmente a un hombre que provoca la muerte de un niño; Hitchcock emplea su arte (y los ojos oblicuos y endebles de Sylvia Sidney) para enternecernos ante esta muerte. La meta del primero era de orden intelectual; la meta del segundo es apenas sentimental. Y eso no es todo: la película –horror complementario insípido –añade un episodio amoroso cuyos protagonistas son la señora Verlog, la sacrificada, y un guapo detective muy limpito disfrazado en vendedor de verduras”.

Lang, Hitchcock y Welles
La sala del cine de Verloc (Sabotage)


Hitchcock opta ante todo por el cine como divertimiento. Descubrimos ya en 1936 cómo percibe la industria cinematográfica: el escenario principal de Sabotage es el cine de barrio que dirige la pareja Verloc, que tiene su apartamento justo detrás de la pantalla. Oímos las reacciones del público, gritos de miedo, risas… Muchos planos corresponden a los movimientos de masas: colas delante del cine, enfados de los espectadores cuando se va la luz… El dibujo animado de Walt Disney resume una de las direcciones propias del director: mostrar sin demostrar basta para despertar todas las emociones, de las más inocentes a las más violentas. La señora Verloc tiene esta experiencia antes de ir a casa matar a su marido. No hay ninguna puesta en evidencia, por parte de Hitchcock, de la naturaleza mercantil del cine;  más bien una defensa de la propiedad privada: Verloc se somete al chantaje de la organización terrorista para conseguir más dinero y hacer que prospere su negocio). Y en The wrong man, Balestrero liberado de toda sospecha, no hará ningún reproche a los testigos que le confundieron con otro,  ni a la oficina de la compañía de seguros ni a los propietarios de las tiendas  atracados. Descargará su rencor y culpará de la neurosis de su mujer al pobre atracador que no tenía para dar a comer a sus dos hijos.

 Lo que resalta de la filmografía de Hitchcock es la forma al servicio del fondo, con la condición de que este fondo no sea comprometedor; es su pasión por la técnica cinematográfica al servicio de una representación visual de las emociones y las relaciones. Y eso desde unos movimientos de cámara, un montaje, un perfeccionismo en los detalles que acompañan la dirección elegida con la excelencia creativa del artista y del equipo que dirige.
Nos encontramos con el delicado péndulo que pasa de la estética de la política a la politización del arte, para citar a Walter Benjamin. Por supuesto, Hitchcock lanza algunos guiños afectivos en dirección de las “clases populares” (por ejemplo, lo que empuja definitivamente a la señora Verloc para matar a su marido,  son las críticas que manifiesta en contra de la cocinera que no cuece la verdura a su gusto), o en dirección de los inmigrantes como en The wrong man. Pero el péndulo se inclina más del  lado de la estética de la política que de la politización del arte. Y aquí podemos recordar a Lang y a Welles.

Citamos la frase de François Truffaut en su libro: “Le plaisir des yeux”: Lo que distingue el estilo de Hitchcock de otros grandes cineastas de la acción violenta como Fritz Lang o Howard Hawks, es el empleo muy personal que hace de la lentitud y de la velocidad, de la preparación y de lo fulgurante, de la espera y de la elipse. Es suficiente comparar la primera secuencia de M de Fritz Lang (el asesinato de la pequeña Elsie) con la escena del crimen en Sabotage (la muerte de Verloc) para ver que más bien, sería Hitchcock quien se “inspira” en la obra de Lang en cuanto a lentitud, espera, elipse… Pero hay algo más en esta comparación. En Sabotage, los cuerpos “llenan” el lugar del crimen: la señora Verloc sale del comedor, dejando a su marido en el suelo, el cuchillo de cocina clavado en la barriga. La profundidad de campo potencia la presencia de los cuerpos en el lugar del crimen: la estética de la imagen se vuelve una referencia para el cine negro.
 Lang responde a cualquier estética por el acto político que denuncia a la sociedad. Con la profundidad de campo que sitúa al globo de la pequeña Elsie ahí, lejos en este sitio desierto, deja al público mudo, perdido  en el lugar del crimen, en este silencio que sigue después de la corrupción del cuerpo inocente, de la violación de la inocencia por un cuerpo social enfermo dispuesto a entregarse al peor de los fascismos. Citamos a Walter Benjamin que, en “La obra de arte en la época de su reproducción mecánica”,  escribe a propósito del fotógrafo Eugène Atget (1857-1927) conocido por su trabajo sobre unas calles desiertas de Paris: Con acierto, se ha dicho que Atget fotografió esas calles como si del lugar de un crimen se tratara. También el lugar del crimen está desierto.  La meta del negativo que se toma es apuntar algunos indicios. Con Atget, las fotografías empiezan a ser pruebas judiciales en el proceso de la historia. En esto radica su secreta relevancia política. Invitan ya  a una determinada mirada. No se prestan a  la mirada despreocupada de la contemplación. Inquietan a quien las mira.  Para comprenderlas, el espectador adivina que tiene que encontrar un camino de acceso.

 Hitchcock busca la verdad escondida detrás de las apariencias para confortar al “hombre medio” con la justicia humana o, si hace falta, la divina. Fritz Lang desde 1931, con M, después de vaciar el lugar del crimen, vacía el tribunal y nos enseña los sillones sin los jueces. Hasta sus últimas películas de la época americana, Lang va expresar su duda sobre cualquier sistema de juicio. Sea robar o matar, lo que encuentra Fritz Lang en su camino es una acumulación de indicios, unos personajes dudosos en cuanto a sus intereses, deseos o pulsiones, alguno de los protagonistas declarado culpable por haberse traicionado a sí mismo o porque el mundo que le rodea lo ha decidido así.
Con respecto a las películas de Hitchcock que tratamos en este Dossier, podemos encontrar un paralelismo – anecdótico – entre los dos directores: en 1936, Sylvia Sidney rueda Sabotage con Hitchcock y acaba de rodar Fury con Lang sobre el linchamiento del inocente acusado por una población enloquecida, al que sucede la venganza del protagonista (Spencer Tracy). The wrong man se estrena entre dos películas de Lang que confirman implacablemente  su  posición definida anteriormente:    Beyond a reasonable doubt (Más allá de la duda 1956) y  While the city sleeps (Mientras Nueva York duerme  1956).

Orson Welles (O’Hara) en The Lady from Shanghai


Por su parte, en 1947 y 1958, Orson Welles realiza dos películas que rechazan cualquier posibilidad de juicio. En la primera,  Michael O’Hara, el inocente que se considera estúpido, engañado por La dama de Shanghai y el maquiavélico abogado Bannister,  deja patas arriba el despacho del juez antes de asistir al derrumbamiento del poder de las mentiras y la corrupción: “Bueno, yo tuve la culpa… pero así es como me metí en el lío, así de absurdo todo. Empecé a preguntarme si no habría perdido el juicio. Habían detenido al hombre equivocado”. En la segunda,  apunta al “hombre verídico” impotente frente a la sed de mal del jefe de policía. Dice Welles: “El peligro más grande para un artista es encontrarse en una posición confortable: tiene el deber de buscar y encontrar el punto de incomodidad máxima”. Tanto Fritz Lang como Orson Welles se liberan del cómodo y conservador argumento del “hombre medio” para reivindicar la singularidad de cada humano en devenir y  acusar al sistema de poder y dominación, cuestionando la verdad, más allá del bien y del mal.




A continuación:
The wrong man (Falso Culpable-1956)
Sabotage (La mujer solitaria-1936)
I confess (Yo confieso-1953)
Continúa...

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